“Saber que sabemos”

Apuntes desde la Lectura Popular de la Biblia con ojos de Mujeres

Por Sandra Nancy Mansilla

Mujeres y sabiduría, mujeres y conocimiento, mujeres y ciencia, no siempre fueron binomios aceptados con facilidad para las instituciones hegemónicas en las que se centralizó históricamente el poder político, el poder económico, el poder ideológico, el poder simbólico y cultural. Por eso cuando las mujeres afirmamos “Saber que sabemos” estamos ejerciendo un reconocimiento mutuo, horizontal, circular, como portadoras de un saber propio y de un saber colectivo, reapropiándonos así de una capacidad y un atributo que nos fueron negados por siglos y siglos.

Saber que sabemos es, entonces, la proclamación de una autoridad que experimentamos, de una convicción que sostenemos, de una vivencia que nos habita.  En definitiva, es el enunciado llano de una experiencia de poder. Saber que sabemos implica que ya no podemos negar las convicciones que tenemos y donde ya no podemos callar “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos; lo que hemos mirado y nuestras manos han palpado acerca de la Palabra que es Vida” (1Jn 1,1)  y Vida también para nosotras las Mujeres.

Saber que sabemos es también un grito creyente en medio de la incertidumbre de estos tiempos caracterizados por la complejidad de las dimensiones que atraviesan nuestra vida social, política y económica que vivimos como pueblos latinoamericanos, heridos de frustración, de derrotas y despojos, de traiciones y abandonos.   A quienes trabajamos en sectores populares con personas excluidas y golpeadas por el sistema, con su dignidad quebrada, especialmente mujeres, niños y jóvenes, que hemos emprendido en nosotras y con otros un camino de recuperación de nuestra identidad y reafirmación de nuestro ser, se nos han impuesto estas cuestiones tan cruciales en relación a la posibilidad del conocimiento en medio de las crisis, la construcción de nuevas pedagogías y la emergencia de nuevas epistemologías.

Un ejercicio de lectura:

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Desde estos presupuestos hemos leído Juan 20,11-18 acompañados con imágenes de la escultura de Alejandro Santana que se encuentra en la localidad patagónica de  Junín de los Andes, desde 4 perspectivas diferentes.   Hemos centrado el ejercicio de lectura-contemplación en tres momentos, marcados por las preguntas del interlocutor: Mujer, por qué lloras? Mujer, a quién buscas? María, ve a decir a tus hermano, compartiéndonos también por qué lloramos nosotras, las mujeres hoy; qué deseamos las mujeres hoy, cómo centramos nuestras búsquedas; y qué tenemos para decir hoy las mujeres.

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“María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro.

Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados una a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.

Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”.

María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”

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Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. 

Jesús le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”

Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Jesús le dijo: “María!”.

Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: “Raboní!”, es decir, “Maestro mío!”.

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Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. 

Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes””.

María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Nos damos cuenta que Saber que sabemos, en términos bíblicos, es equivalente a la esperanza de las visiones y sueños de los apocalípticos, que se empeñan en ver la vida aún en medio de la muerte.   En el clamor, en la denuncia, en la profecía, en la resistencia, en las visiones, en los sueños, en los ángeles, en los demonios, en las cegueras, en las sorderas, en las parálisis, en los milagros, en las lamentaciones, en los anuncios, leemos las formas que tiene el relato bíblico de comunicar cómo las personas en aquel mundo viven cotidianamente sus dolores, sus clamores, sus crisis, sus frustraciones y también cómo van hallando senderos (caminos angostos, indefinidos, a veces desdibujados, oscuros) que son esas intuiciones, pequeñas certezas que nacen en el deseo profundo del pueblo creyente.   La historia cerrada se abre, la esperanza brota, el demonio es expulsado, la muerte vencida.

Así, el camino que emprendimos las mujeres ha significado la posibilidad de un lenguaje creativo, recuperando prácticas y saberes, con una opción ética por la justicia, por la paz, desde la libertad y la responsabilidad. Camino que muchas veces realizamos en las fronteras donde tiene su límite lo debido, lo aprendido, lo aceptado, lo permitido, lo normal, lo legal. Y atravesando fronteras, también transgrediendo y provocando, dibujamos otros caminos, otras lógicas, hacia otro lugar, a modo de pedagogías ´in itinere´ y epistemologías trashumantes.

Así, la complejidad que nos atraviesa nos invita a leer los textos bíblicos desde esta clave: lo inesperado, lo desconocido, las crisis que hacen crecer, la búsqueda del conocimiento de la realidad, el cumplimiento del deseo, la apertura a lo imposible, el asombro, la experiencia de liberación y plenitud, que en definitiva no es otra cosa que el encuentro con la gracia de Dios, la Buena Noticia de la Salvación.

Conocimiento es esa tarea de indagar la lógica que nos permita la vida que deseamos, imaginarla para poder construirla. Y constatamos que se trata de procesos-de-conocimiento, diversos y múltiples, todos posibles y legítimos, es decir una complejidad colmada de posibilidades.

Decir pues complejidad es decir tensión, conflicto, diversidad, contradicción, contraste. Y esto nos sitúa, pues, ante la necesidad de mirar la vida cotidiana con otros ojos, conocerla del derecho y también del revés, en el entramado de sus múltiples relaciones, causas y efectos. Supone mirarla críticamente, aceptarla en su complejidad para descubrir que es paradójica, inesperada, incluso fragmentada, con cortes y no siempre con avances. Es allí donde frecuentemente nos descubrimos frágiles, llenas de enormes vacíos y sedientas de profundidades. Y, sin embargo, es allí, en lo pequeño, en lo confuso, en lo ambiguo e invisible de lo cotidiano, donde se entreteje la dimensión comunitaria y política de nuestra vida de fe, donde se hace posible nuestra salvación en tanto lo cotidiano y su complejidad sean también el lugar de lo eterno, de la trascendencia.

Vamos a la Biblia con estas lecturas previas sobre nuestra experiencia cotidiana, nuestros saberes del cuerpo, reconociendo la diversidad, la complejidad, dispuestas a escuchar y comprender con respeto la experiencia de otras. Y allí en la Biblia comenzamos a descubrir otros rostros, nos damos cuenta de que también hay complejidades que atraviesan los escenarios, hay juegos de poder, hay clamores de los cuerpos, hay confrontaciones entre diversos grupos. Allí hay sujetos que desde la vida cotidiana van entretejiendo la historia, muchas veces desde los márgenes, lo invisible, lo oscuro, lo ambiguo, lo negado. Aprender a reconocer la complejidad en nuestra experiencia nos enseña a reconocer también la complejidad simbólica y existencial de los relatos bíblicos y sus múltiples sentidos.

Así como María Magdalena ante la experiencia del sepulcro vacío, nuestro desafío hoy será atravesar las complejidades desde la construcción del sentido de nuestra lucha por la justicia, más allá de toda certeza, o más bien con la certeza de la fe, superando los dogmatismos dualistas y jerárquicos, remarcando las conexiones y las mutuas dependencias entre las partes, entablando nuevos dialogo de saberes, complejizando nuestras comprensiones del mundo y también, por qué no, de nosotras mismas.

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