grupo estudio 

Por Nicolás Panotto

 

No puedo ser políticamente correcto al hablar sobre este tema; debo decirlo tal como lo veo: la educación teológica en América Latina se encuentra en un proceso sumamente delicado, agónico, con escenarios poco alentadores. Ninguna novedad, ¿cierto? Pero como ya los hemos dicho en otras ocasiones, no todo está perdido. Por el contrario, aunque los proyectos educativos tradicionales se encuentran en una caída sin pausa, periféricamente se están levantando cada vez más instancias de sobrevivencia y reimaginación teológica, a través de proyectos e instituciones con nuevas caras, nuevos objetivos y propuestas originales.

Existen varios elementos que podríamos remarcar como factores de esta crisis: carencias económicas, dificultades institucionales, déficits organizacionales, etc. Pero deberíamos ir un poco “más atrás” y tal vez pensar que una de las fuentes principales de todos estos elementos es, precisamente, cómo se comprende la pertinencia de la educación teológica, sea por los creyentes como para las iglesias y la sociedad en general. En otras palabras, los factores mencionados no responden sólo a coyunturas específicas –sea históricas, institucionales o contextuales-, sino más bien al hecho de que el propio ejercicio de la educación teológica se encuentra devaluado, y ello impacta en el resto de las instancias de su puesta práctica.

Los interrogantes son siempre los mismos: ¿tiene algo que aportar la teología para reflexionar sobre nuestra iglesia, contexto o sociedad? ¿Ella camina al mismo ritmo de los cambios que nos rodean? ¿Existen voces sensibles y pertinentes que se levanten para hablar desde una visión estrictamente teológica sobre las problemáticas que vivimos y las utopías que necesitamos? ¿Cuál es la relación entre las dinámicas educativas y el empoderamiento de sujetos sensibles y preparados para repensar la fe y la espiritualidad?

El teólogo David Tracy afirma que la teología posee tres públicos principales –la sociedad, la iglesia y la academia-, cada uno de los cuales posee cierta especificidad aunque al mismo tiempo se relacionan muy íntimamente uno con el otro. Reflexionemos desde aquí sobre algunos elementos que creemos importantes tener en cuenta a la hora de repensar la pertinencia de la educación teológica en cada uno de estos públicos:

  • Es común el abordaje de temáticas relacionadas al análisis social en los espacios de educación teológica en nuestro continente, sea de la tradición que fuere. ¿Pero desde dónde se hace? ¿Cómo se responde a la demanda de creyentes, iglesias y organizaciones? ¿Cómo se plantea la correlación con las ciencias sociales y humanas? En este sentido, vale puntualizar dos elementos. En primer lugar, que existe una visión extendida sobre que las perspectivas socio-antropológicas, culturales y filosóficas siguen siendo elementos ad hoc a la teología, cuando en realidad son puntos de partida para su misma reflexión y constitución. En esta dirección, se requiere trabajar con mayor profundidad sobre las mediaciones hermenéuticas en torno a los modos de analizar los fenómenos sociales, con el doble objetivo de, por un lado, no perder la especificidad teológica (reforzándola a través del diálogo con otras disciplinas que la desafían desde su locus epistemológico), y por otro, que las variables sociales no sean tratados como islotes aislados. El segundo elemento a resaltar es que se requiere de una actualización sobre los marcos teóricos que se trabajan en nuestros diseños curriculares. Las perspectivas sociológicas, antropológicas y filosóficas que se utilizan en programas académicos y publicaciones teológicas suelen ser muy desactualizados. Este llamado de atención no refiere sólo a una necesidad de reajuste en términos teórico-académicos sino, principalmente, a la importancia de hacerse eco de los nuevos abordajes, análisis y estudios sobre las nuevas dinámicas y demandas de nuestros contextos actuales. Si la educación teológica quiere ser pertinente en su contextualización, entonces debe correr al ritmo de los cambios, y para ello la actualización teórica y metodológica debe ser constante. El estancarse en mediaciones teóricas obsoletas es precisamente perder el nivel de sensibilización social.
  • Es interesante notar en diversos casos y contextos de América Latina que frente a la crisis de las instituciones teológicas, son las iglesias e instituciones denominacionales las que toman el toro por las astas para afrontar la situación. Este “síntoma” merece de una profunda reflexión. Por un lado, refleja la tensión histórica entre instituciones educativas e iglesias. Es, de alguna forma, una tensión irresoluble, y hay quienes creemos que es mejor mantenerla, hasta promoverla. Más allá de ello, educación teológica y dinámicas eclesiales deben crear mejores instancias de diálogo e interacción, que superen los bizantinos -y en cierta forma prejuiciosos- reduccionismos en torno a la relación entre teoría y práctica, teología y misión, etc. Por otro lado, también hay que levantar la alarma sobre el peligro que existe cuando la educación teológica asume las “agendas institucionales” de las iglesias, que no es lo mismo que responder a las demandas dentro de las comunidades de fe en tanto comunidades locales y espacios de experiencia de fe y espiritualidad. La educación teológica debe ser un espacio de diálogo, formación crítica y discusión –a partir de la tradición teológica que fuese-, y no de transmisión doctrinal o defensa denominacional.
  • La situación dentro del campo académico es, tal vez, la más grave. Y esto por varias razones. Primero, las instituciones teológicas se están alejando cada vez más del diálogo e intercambio con otros espacios académicos no teológicos o religiosos, como centros de investigación, universidades, organizaciones, etc. Segundo, son muy pocos los casos donde facultades de teología o seminarios poseen proyectos de investigación y producción académica. Las revistas para publicar son cada vez más escasas, especialmente en el mundo protestante. Tal vez el factor más preocupante en esta dirección es que dichos fenómenos se originan por la continua resistencia de los espacios de estudio teológico a la necesidad de la seriedad académica. Se prefiere mantener cierto pragmatismo pastoral como contraposición a la “especulación” académica, como si ello fuera una división irresoluble y, peor aún, como si lo académico fuera sinónimo de abstracción. Si ese es el concepto que prepondera en las iglesias o personas que forman parte de nuestras instituciones, entonces la estamos errando al blanco, y por muy lejos. En fin, continuamos alimentando los mitos sobre la división práctica-teoría sin adentrarnos a un diálogo sincero y profundo sobre modos alternativos de comprender la construcción y producción de conocimientos, sin caer en academicismos ni pragmatismos. ¡Sólo tendríamos que observar con más atención las prácticas de Jesús, maestro entre el pueblo! La práctica académica es en sí misma una práctica socio-política, no sólo por su vinculación con espacios de militancia o acción social sino porque desde su mismo epicentro asume el cuestionamiento de lo establecido, la deconstrucción de los sentidos y la propuesta de nuevos escenarios, como elementos de la dimensión hermenéutica que moviliza nuestro ser-en-el-mundo.

Estos tres campos no están separados entre sí. Y aquí el último factor a considerar: la innegable vinculación entre sociedad, iglesia y academia a la hora de hablar de educación teológica. Pensar en esta relación nos ayudará a superar los reduccionismos que hemos identificado en cada una de estas áreas. En este sentido, no podemos responder al llamado de la fe en ser sensibles a las demandas sociales sin contar con herramientas y dinámicas hermenéuticas que permitan actualizarnos en los constantes cambios contextuales, y para ello el trabajo académico tiene una función central. Tampoco se puede hacer teología desprendidos de la iglesia en tanto comunidades de fe donde, precisamente, las vivencias y experiencias cotidianas son compartidas y transitadas a través del compromiso de amor con el prójimo. Tampoco podemos cultivar una enriquecedora producción teológica sin espacios de estudio y publicación académica, que se alimenten de las ricas experiencias eclesiales y donde se analicen los procesos sociales con la profundidad que merecen, para allí producir herramientas para las iglesias y diversos agentes sociales.

En conclusión, creemos que la situación de la educación teológica en nuestro continente no mejorará simplemente por la búsqueda de nuevas formas y prácticas desde una respuesta-estímulo pragmática o alarmista, sino desde la revaloración de su ejercicio y presencia en la vida de los/las creyentes, de las comunidades de fe, de los espacios académicos y de la instancias religiosas de movilización social; o sea, de su pertinencia. Por ende, trabajar en este punto implica repensar lo que moviliza el quehacer teológico, el lugar elemental que posee la educación teológica en nuestros contextos, la especificidad de la teología frente a otros modos de construcción del conocimiento y vida, para desde allí –o sea, desde una nueva sensibilidad que nos ubique en un nuevo marco epistemológico- emprender la aventura que siempre nos trae lo nuevo por delante: diseños curriculares actualizados, instancias educativas flexibles y abiertas a las comunidades de fe en todas su heterogeneidad, producción académica seria, reactualización y diálogo con otras disciplinas, nuevos modos de institucionalidad, entre tantas otras “utopías” cuyo topos no son tan lejanos como creemos.

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